29 de mayo de 2016

Capítulo 1. El espejo de #CookieCruz. ¡Gratis!


1.


Seis semanas atrás. 1 de Julio de 2014.

―Sabía yo que lo barato terminaría saliendo caro… ¡Lo sabía! ―murmuré mientras arrastraba como podía el mueble por la acera.
El edificio era normal y corriente. Situado en la zona alta de la ciudad, suponía un gran cambio en mi vida, acostumbrada como estaba a vivir en el pueblo de mis padres y en el seno de su envolvente naturaleza. Aunque claro, aquello no había sido decisión mía. Es decir, si de mí hubiera dependido, habría decidido vivir muy cómodamente en el centro de Manhattan. Pero el karma no opinaba lo mismo y por ello todavía teníamos una charla pendiente. No obstante, aquel cambio me parecía ideal.
Mi nuevo edificio estaba situado en la calle Santa Fe de nuevo México, entre los distritos de Sarrià y Sant Gervasi-Galvany, por encima de la Diagonal. Tenía una pequeña zona comercial justo enfrente del mismo donde había unos cines, un gimnasio y diferentes restaurantes que podía ver desde mi terraza. El edificio era precioso y ya desde fuera daba la sensación de amplitud y luminosidad. Aquel era un rasgo muy distintivo de aquella zona de la ciudad, al contrario de lo que sucedía en barrios más humildes de Barcelona, donde todo parecía más aglomerado. Era algo que, arquitectónicamente, siempre me había llamado la atención.
 ―Jamás entenderé a esta clase de personas―continué mascullando sin prestar atención a mi alrededor―. ¿Por qué narices han tenido que dejar mis muebles en la calle? Y encima no responden mis llamadas… ¡Serán idiotas!
De pronto, una señora salió del edificio al que me había mudado y se me quedó mirando con la misma cara de quien observa a un vándalo haciendo de las suyas.
―¿Y tú a quién estás buscando? ―preguntó entonces para mi absoluta sorpresa.
―Pues mire, venía buscando a Papá Noel. Se dejó algunos bártulos más de la cuenta en mi casa. ¿Le ha visto por aquí? ¡Ando como loca por toda la ciudad en su búsqueda!
Tuve que hacer un tremendo esfuerzo para contener las ganas de reír que me entraron de golpe. ¿De dónde había sacado aquello? La señora, consciente de que bromeaba con ella, me dedicó una mirada extraña. Entornó los ojos y ladeó la cabeza mientras continuaba observándome atenta, queriendo averiguar hasta qué punto estaba dispuesta a jugar. A continuación, como si estuviera sacada del mismo molde que yo, levantó la cabeza, hizo un leve movimiento con los labios y cruzó los brazos.
―Pues mira, al gordo hace tiempo que no le veo por aquí. Pero tal vez cierto Peter Pan se alegre de conocerte. Bienvenida a Nunca Jamás.
Tuve que quedarme en silencio, pues en cierto modo aquello me enterneció. Nos mantuvimos la mirada, tragué con disimulo y luché por que aquella mujer no ganara la batalla. Pero fue imposible. Una enorme sonrisa cruzó mi rostro y decidí casi al instante que me caía bien. Me la devolvió con una mirada pícara y juguetona y sin decir nada más, abrió la puerta que daba acceso al interior del edificio y me invitó a entrar con un gesto de la mano. Le sonreí de nuevo agradecida y cogí una maleta con cada mano para adentrarme hacia el que a partir de aquel momento iba a ser mi nuevo hogar.
La señora desapareció a mis espaldas y de nuevo me quedé sola. Era consciente de que aquel día no iba vestida del todo cómoda, contando que me encontraba en plena mudanza. Me había puesto una camisa de tirante ancho vaporosa, azul celeste y blanca. Llevaba un short vaquero de cintura alta y un cinturón de piel marrón oscuro. Si teníamos en cuenta que estábamos a principios de julio, era más comprensible pensar que aquellas sandalias de tacón en cuña ―último modelo de Zara, colección de verano― no me salvarían por completo del insoportable calor que coronaba la ciudad Condal. Había terminado el look recogiéndome el pelo en una coleta alta ―ahora ya un tanto despeinada, las cosas como son― y me había perfilado los ojos rasgándolos con uno de los últimos delineadores que Bobbi Brown había decidido sacar al mercado. Así era yo: organizadora de eventos en horario laboral, youtuber de moda y belleza en mi tiempo libre. También administraba un perfil de Instagram donde daba consejos de belleza a todas las chicas que se suscribían, pero de eso ya hablaría en otro momento, ahora tenía demasiadas cosas entre manos.

Una vez me hallaba en el interior del portal ―diáfano y muy luminoso, por cierto―, dejé los muebles en el rellano y me vi con la obligación de decidir si me quedaba allí y me jugaba una buena multa por tener el coche estacionado en zona de carga y descarga o bien, dejaba los muebles sin vigilancia un momento y me iba al encuentro de la plaza de aparcamiento que me habían asignado.
Finalmente, me decidí por la segunda opción y saqué una pequeña libreta de mi bolso y un bolígrafo. Arranqué uno de los folios y escribí en él la siguiente nota:

No tocar. Estoy aparcando el coche.
PD: Si algún alma caritativa se presta a ayudarme, los muebles pertenecen al sexto segunda.
Gracias. V.

Dejé la nota sobre una cómoda y salí disparada hacia la calle ya que, a lo lejos, divisé un coche patrulla que se acercaba hacia donde había dejado estacionado el Mini que me había puesto a disposición la empresa al aceptar el traslado. Entré rápidamente con una perfecta, estudiada y muy falsa sonrisa antes de saludar a los agentes, que se me quedaron mirando a través de la ventanilla.
―Señorita ―dijo uno de ellos desde el interior de su vehículo―. No puede dejar el coche aquí.
―Disculpe, señor agente, tenía que descargar unos muebles. Ahora mismo lo retiro. Disculpen las molestias, soy nueva aquí y todavía ando un poco perdida.
―No se preocupe, pero llévese el vehículo cuanto antes, por favor ―contestó uno de ellos con un gesto simpático en el rostro.
 Les dediqué una última sonrisa y los agentes volvieron a poner primera antes de continuar con su ruta. ¡Qué poco había faltado!

Conseguí encontrar mi plaza pasados tan solo unos minutos. Subí por las escaleras de nuevo hasta el rellano principal y cuando abrí la puerta, me encontré de bruces con una inesperada sorpresa.
―¡Maldita sea! ¡¿Dónde está mi sillón?! ―exclamé aun sabiendo que no había nadie presente.
De repente, la puerta del ascensor se abrió y del interior salió un chico ―supuse que lo era únicamente por su altura y corpulencia― disfrazado de abejorro y con unos patines en línea colgados alrededor del cuello. Me quedé paralizada por la visión, sintiéndome incapaz de reaccionar de algún modo lógico y razonable que no fuera un descarado e inoportuno ataque de risa. Definitivamente, el mundo se había vuelto loco.
 ―¿Qué pasa? ¿Es que nunca has visto patinar a una abeja? ―dijo el joven a modo de saludo.
Yo, que seguía sin lograr salir de mi asombro, hice un leve movimiento de negación con la cabeza y continué observándole mientras este se alejaba por la calle hasta que, al fin, desapareció de mi vista.
Sacudí un par de veces la cabeza tratando de sacar aquella imagen de mi mente y me dirigí hacia el lugar en el que había dejado la nota, justo antes de ver que alguien había escrito algo más en ella. La cogí de un manotazo y leí de una pasada lo que fuera que hubieran contestado.

Un sillón muy cómodo, la verdad.
Prometo devolverlo al sexto cuando encuentre uno igual con el que sustituirlo.
Bienvenida al edificio. T.

No me lo podía creer, ¡esto ya era el colmo! Me situé en el hueco de la escalera, cogí aire y alcé la voz para que todos los vecinos pudieran escucharme.
―¡¿Es que me he mudado a una comunidad de pirados?! ¡Más vale que salga el que me ha robado el sillón!
―Menudo genio gasta, señorita ―dijo de pronto una voz masculina y profunda que provocó que me sobresaltara por completo.
Di media vuelta a gran velocidad y me quedé asombrada ante el espécimen que tenía justo enfrente. Era un hombre alto, fuerte y robusto. Tenía una espalda ancha y musculada, algo bastante alejado de la normalidad a la que estaba acostumbrada en el pueblo.
―Veo que no has empezado con buen pie en el edificio. Permíteme que te ayude con todo esto, son demasiadas cosas para que las cargues tú sola hasta el sexto.
Miré al joven con los ojos entornados mientras estudiaba la propuesta que acababa de hacerme y me decidía. Al final permití que me ayudara, ya que quería terminar con la mudanza cuanto antes y así poder encerrarme en el interior de mi nuevo hogar hasta que me viera obligada a salir del mismo para ir a trabajar.
Así pues, le tendí la mano a modo de saludo y le dediqué una media sonrisa con la que pretendía firmar un pacto de paz entre nosotros que no tuviera nada que ver con el resto de vecinos.
―Me llamo Valentina. Gracias por echarme una mano.
El chico respondió a mi gesto del mismo modo y me estrechó la mano con dulzura y firmeza.
―Max. Un placer conocerte.

Subimos entre los dos el resto de cosas hasta el sexto piso y pasado un rato, después de haberlas ido colocando en el interior de mi nuevo apartamento, nos dirigimos hacia la cocina para reponernos un poco del esfuerzo.
―¿Por qué escogiste este edificio para instalarte? ―quiso saber él después de beber un vaso de agua que le tendí con amabilidad.
―No lo escogí yo. Me lo ha proporcionado mi empresa. Está muy bien situado, tengo todo más a mano y como mínimo, no tengo que desplazarme tantos quilómetros a diario. Lo que no sabía es que iba a convivir con una pandilla de trogloditas pirados que aprovechan la más mínima ocasión para robarte un triste sillón de IKEA.
En el fondo no estaba enfadada. Había sudado demasiado subiendo los trastos y maletas como para que ya se me hubiera pasado la mala leche. Supongo que fue el tono en el que lo dije lo que todavía hizo más gracia a Max.
El chico soltó una carcajada y se pasó el dorso de la mano por la frente para secar las gotas de sudor que resbalaban por ella.
―¿Era muy caro?
―Qué va… Pero da mucha rabia, ¿sabes? ―dije antes de darle un nuevo sorbo al vaso de agua―. ¿Qué clase de persona le roba un sillón a un vecino recién instalado, sin darle siquiera tiempo a que termine su mudanza?
Max me miró con detenimiento durante algunos segundos. Al hacerlo, entornó los ojos con cierta gracia, manteniendo un rostro jovial y misterioso que me pareció divertido.
―No tengo ni idea de quién ha podido ser… Pero no creo que sea la única sorpresa con la que te encuentres aquí dentro.

Y así, dejándome con una mueca de absoluto desconcierto, hizo un movimiento de despedida con la mano y salió de mi casa seguido de mi atenta y curiosa mirada. Se metió en el ascensor y desapareció rápidamente de mi vista, dejándome sola allí plantada, intentando dar algo de sentido a las últimas palabras que me había dedicado.







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