13 de julio de 2016

Capítulo 1. Un Mundo para Héctor. I.

Capítulo 1

  
Había una vez una princesa, hija de unos humildes y bondadosos padres que, a pesar de no albergar título nobiliario alguno, deleitaba día tras día a todos los aldeanos con su sonrisa.
Aquella princesa llegó en el mejor momento, pues sus padres ansiaban colmarla de todo cuanto poseían, aunque principalmente, de felicidad.

La princesa creció sin perder aquella maravillosa sonrisa aunque, con el paso de los años, sus poderes también crecieron, convirtiéndose así en la más bella, dulce y bondadosa de todas las jóvenes del reino.

Jamás tuvo problema alguno con su hermana pequeña que, a pesar de evidenciar los celos que sentía hacia ella en numerosas ocasiones, nunca consiguió alterarla de forma notable. Fue ella la que se encargó de enseñarle todo cuanto sabía y conocía del mundo en el que vivían para que su hermana, que la escuchaba siempre embelesada, pudiera afrontar la vida con las menores dificultades posibles.

Cuando la princesa se hizo mayor, cientos de pretendientes comenzaron a rondar su castillo. Sus padres, atentos a todos sus movimientos, observaban pacientes y confiados las decisiones de su primogénita, pues pocos eran los afortunados que lograban llegar a mantener una conversación con ella.
Sin embargo, llegó un día en el que uno de ellos lo consiguió y logró cruzar la invisible barrera que ella misma había creado a su alrededor, llenándole todos y cada uno de sus días de inolvidables e irrepetibles sonrisas.







Héctor, cariño, despierta. ¡Hoy es tu primer día de colegio!
El pequeño abrió lentamente los ojos, intentando enfocar con la mirada el rostro que tenía delante. Con la delicadeza propia de un niño de tan solo tres años, los frotó con su rolliza mano y volvió a abrirlos de nuevo.
¿Tienes ganas de empezar el cole? pregunté, llenándole la cabeza de besos antes de cogerle en brazos. Estará lleno de niños que estarán encantados de jugar contigo.
Héctor entornó la cabeza y asintió un par de veces, todavía perezoso. Era un niño alegre y juguetón. Le encantaba llenar el suelo de su habitación con todo tipo de muñecos y bichos de plástico que más tarde guardaba en una especie de cofre, como si de un verdadero tesoro se tratara. Así podía pasarse las horas que quisiera. En ocasiones, cuando no estaba distraído con los juguetes, andaba siempre con una libreta en las manos donde pintaba indistintamente cosas sin sentido. Un día le daba por los colores y otro por los números lo cual, no dejaba de asombrarme. Llenaba páginas y páginas con dibujos infantiles y letras que yo aún no lograba entender cómo había podido aprender a escribir. Su comportamiento era ejemplar y nunca le había encontrado haciendo ninguna travesura. Sin embargo, había una única cosa que a día de hoy, todavía me traía de cabeza pues, a sus tres años de edad, Héctor jamás había pronunciado palabra alguna.

Ayudé al niño a vestirse con cuidado primero los pantalones y después la camiseta, asegurándome de que acabara de quedar todo en su sitio. Le acerqué los zapatos y él, después de observarlos durante algunos segundos y haciendo alarde de verdadera astucia, puso en cada uno el pie que correspondía. En ocasiones, me sorprendía de la destreza que Héctor mostraba para cierto tipo de cosas, no obstante, tampoco me había detenido a pensar cuál era la edad habitual en la que un niño aprendía a distinguir la derecha de la izquierda. Supuse que esos momentos simplemente, llegaban.
Héctor corrió hacia la cocina y se sentó en la silla que le había regalado por su tercer cumpleaños, hacía ya un par de meses de ello. Le había hecho muchísima ilusión dejar la trona a un lado y recibir su primera silla de niño “mayor”, aunque esta fuera junto a la mesa de un tamaño mucho más reducido que las normales.
Permaneció en ese lugar, inmóvil, a la espera de que le sirviera el desayuno. Así pues, dejé el bol de leche con cereales sobre la mesa y me senté en la otra diminuta silla que había al lado de la suya para ayudarle con la comida, pues era todo un especialista en derramarse la comida por encima cada dos por tres.
Aprovechamos ese ratito para empezar el día con energía y una gran sonrisa. Jamás desistía en mis intentos de estimular a Héctor para que este se animara a hablar. Le explicaba historietas, le cantaba canciones infantiles mientras el niño abría la boca y desayunaba sonriente e incluso, le hacía preguntas, aun sabiendo que la única respuesta que obtendría sería un gesto afirmativo o negativo con la cabeza. Una vez hubo terminado, Héctor corrió hacia la entrada, nervioso por el día que tenía por delante, y me esperó allí inquieto, con la felicidad reflejada en el rostro. Le miré sonriente y le tendí un pequeño sándwich que metí en el interior de la mochila que unos días atrás le había regalado mi madre y que tenía la forma de uno de aquellos peluches de unos dibujos sobre una Patrulla canina, justo antes de colgarla en la espalda de Héctor. Estaba tan adorable con su bata de cuadritos azules… Sentí que se me arremolinaban las lágrimas en la comisura de los ojos mientras le observaba impaciente. ¡Estaba más nerviosa que él! Cogí el teléfono móvil de mi bolsillo y le avisé de que iba a hacerle una foto, a lo que él reaccionó ofreciéndome aquella sonrisa de ratoncito tan suya y con la que siempre lograba derretirme.

Llegamos a la escuela apenas diez minutos más tarde. En su momento, me decidí por ese colegio por su inmejorable situación, pues se encontraba muy cerca de nuestro apartamento y del de mis padres, lo cual facilitaba mucho las cosas, así como también de mi trabajo. Vivíamos en el barrio de la Sagrada Familia, muy cerca de aquel gran monumento al que Gaudí había dado vida y que todavía a día de hoy, continuaba inacabado. De hecho, nuestro edificio estaba situado en una avenida que llevaba el nombre del famoso arquitecto pues, a pesar de que me había costado horrores conseguirlo, estaba totalmente enamorada de la peculiar vida del lugar. Me gustaba porque era lo suficientemente céntrico como para tenerlo todo a mano y a la vez, continuaba manteniendo en sus callejuelas aquella vida y estructura tan típicas de un barrio, donde la mayoría de vecinos se conocen tras el paso de los días. Además, aquella avenida era una verdadera joya. Estaba llena de heladerías, panaderías, pastelerías y bares en los que la variedad era su mayor tesoro.

Cuando llegamos a la puerta principal del colegio, Héctor no se dejó intimidar por la presencia de tantos niños. Al contrario que muchos otros, que lloraban desconsolados, él caminaba tranquilo cogido de mi mano. El primer día era de adaptación, por lo que los padres podían entrar con los niños y pasar la mañana junto a ellos en las aulas, conociendo a los nuevos profesores y compañeros.
Héctor se sentó en una de aquellas diminutas sillas y lo hizo entre dos niñas que parecían realmente asustadas ante la gran cantidad de niños y personas que había en la clase. Le observaba desde la distancia, atónita ante la pasmosa parsimonia que Héctor reflejaba, pues su atención no se desviaba en ningún momento de su nueva profesora, la señorita Lucía, sin apenas dirigir la vista hacia ninguno de aquellos niños que, a partir de ahora, serían sus compañeros durante mucho tiempo.

Cuando terminó la mañana, los padres que querían comentar alguna cosa con la profesora fueron acercándose por orden a ella para hacerlo. Decidí esperar a que la clase se vaciara y cuando ya solo quedábamos los tres, me acerqué por fin a la chica.
Hola, Lucía saludé tendiéndole la mano. Me llamo Jana y ese de allí es Héctor.
Encantada de conocerte, Jana. ¿Os ha gustado la clase que os han asignado?
Sí, mucho. Creo que tiene todo lo que necesita un niño de su edad y me parece que Héctor se siente cómodo en ella. Sin embargo, he esperado hasta ahora para hablar contigo porque me gustaría comentarte cierto aspecto delicado acerca de Héctor.
Por supuesto. Dime, ¿puedo ayudaros en algo?
No supe decir a ciencia cierta qué era lo que tenía Lucía que me permitió mostrarme ante ella con total sinceridad. Quizá fuera la amabilidad con la que trataba a todo el mundo o tal vez, que no existiera entre nosotras gran diferencia de edad. No estaba del todo segura.
Te voy a ser sincera. No sé muy bien todavía a qué es debido pero Héctor aún no ha aprendido a hablar, a pesar de que nos esforzamos a diario con el tema…
En primer lugar, respecto a lo de hablar no te preocupes. Los niños pasan por diferentes etapas o estadios emocionales. Quizás ahora mismo no hable y tal vez dentro de unos meses no logres hacerle callar. A veces, todo es cuestión de tiempo.
Gracias, saber esto me consuela un poco. No obstante, quería comentarte que el niño entiende a la perfección todo cuanto se le dice, con lo que no debería de darte problemas con el ritmo de la clase.
No te preocupes, déjame que le observe durante unos días y si aprecio algo que me llame la atención, prometo llamarte y hablar detenidamente sobre ello. Si te parece bien, claro.
Por supuesto. Muchísimas gracias por todo, Lucía. Me alegra saber que Héctor estará bien atendido.
Nos estrechamos la mano con educación, en un signo de recíproca cordialidad.
Gracias a ti por confiar en nosotros. Es todo un placer.
Héctor dije dirigiéndome esta vez al niño. Acércate, cariño. Volvemos a casa.
Se levantó de un salto, cogió con una mano la mochila-peluche y arrastrándola por el suelo a su paso, se acercó de nuevo a mí.
Salimos al pasillo cogidos de la mano tras despedirnos de su nueva profesora. Caminábamos con templanza cuando de pronto, mientras andaba distraída un segundo mirando la pantalla de mi teléfono móvil, me percaté de que alguien me llamaba a unos metros de distancia.
¡Señorita! Disculpe, señorita dijo de nuevo la voz, esta vez más próxima a mí. Creo que se le ha caído esto.
Me giré hasta quedarme frente al hombre que se dirigía sin duda alguna a mí, pues no había nadie más en el pasillo que no fuéramos nosotros.
¿Cómo dice?
El hombre que tenía delante no debía de contar más de treinta años, treinta y dos a lo sumo. Vestía un elegante traje de raya diplomática con una camisa gris clarito y una corbata granate, cuidadosamente conjuntada. Le quedaba entallado con la perfección que solo un hombre que supiera lo que llevaba podría lucir. Un hombre alto, firme y robusto. Llevaba el pelo corto y una barba recortada con precisión al milímetro. Su mirada de un intenso color miel, invitaba a perderse en una profunda oscuridad que auguraba de todo y que llevaba implícito el término peligro en una especie de cartel luminoso que alarmó a mi cerebro casi al momento. En ese instante, absorta como lo estaba en mis propios pensamientos, noté como el niño me daba un par de tirones en la mano llamándome la atención, sacándome así de mi estupor. Mi lengua parecía un zapato y mi rostro debía de ser todo un poema.
Sí, es la agenda de Héctor respondí al tiempo que sujetaba la colorida libreta que el hombre me tendía, se le debe de haber caído de la mochila. Mu… Muchas gracias.
¡¿Pero qué narices me pasaba?!
De nada. Que pasen un buen día.
Dicho esto, después de una cordial aunque extraña sonrisa, el hombre dio media vuelta y desapareció por donde había venido. Resté inmóvil durante algunos segundos más, intentando imaginar quién podía ser aquel tipo que para nada pegaba en un ambiente escolar. Quizá fuera el padre de algún niño cosa que, sin saber muy bien por qué, me hizo todavía más gracia.


Sacudí con disimulo la cabeza y a continuación, volví a meter la agenda en la mochila que me aseguré de cerrar con cremallera esta vez y reanudé de nuevo el paso en dirección a nuestro apartamento, con una inesperada sonrisa instalada en el rostro. 



PRÓXIMAMENTE A LA VENTA. 
VERANO 2016.
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ESTEFANÍA YEPES.

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